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La situación de deterioro económico que padecemos en nuestro país es atribuida, por nuestras autoridades y líderes de la cúpula empresarial, a los equívocos cometidos en el exterior (los del sector hipotecario, del financiero y, como consecuencia de esos, a la quiebra de las empresas líderes de la economía estadounidense) y nos dicen que en México estamos fortalecidos por la experiencia del quebranto financiero de 1995 (el “error de Diciembre” de 1994) y que ese episodio es prueba superada; esto lo afirman no obstante que el pago de ese “error” nos agobia cada vez más (a la población, al sector productivo nacional, al mercado en general y al erario público) como costo originado en la impunidad, la discrecionalidad y en el desdén hacia políticas que fortalezcan al sector primario para detonar, con plena soberanía, los demás sectores del país: el industrial, el social, el educativo…con eficiencia y equidad.

En esta ocasión, por la sangría del sistema financiero internacional, no se avizora ninguna “tablita de salvación” que pueda venir del extranjero sin que implique un costo mayor. Las evidencias, al día de hoy, son de conocimiento mundial: los abusos de los capitanes del sector privado en Estados Unidos y en todo el orbe, se establecieron como norma de conducta amparada en una política de desregulación desmesurada, solapada en EU por el organismo “regulador” que se limitó a ser pasivo testigo de la depredación de quienes defienden “la mano invisible del mercado”, la fallida panacea de los seguidores de la biblia del neoliberalismo, “La Riqueza de las Naciones”, de Adam Smith, los mismos quienes ahora reciben una enorme cantidad de recursos públicos, históricos y nunca imaginados, para su rescate.

Tenemos ya frente nosotros un tsunami de proporciones colosales que trastoca a todas las economías nacionales. Los “vasos comunicantes” con nuestro vecino del norte se han exacerbado porque durante décadas poco nos importaron el sistema educativo, el desarrollo tecnológico, la calidad de vida de la gente; en vez de hacer la tarea, cercenamos, gradual e ininterrumpidamente, a nuestra planta productiva del campo y la industria. De ello da testimonio el negativo resultado de nuestra balanza comercial con cifras que ensombrecen aún más el panorama de México. Un balance encubierto por la disponibilidad extraordinaria de recursos derivados de la exportación de petróleo y por las cuantiosas remesas que hoy pierden importancia al cambiar los vientos de la economía norteamericana.

Todo nos lleva a una cotidiana pérdida de posibilidades mínimas de desarrollo: la emigración del campo es alarmante, también el crecimiento de la economía informal. Hemos bajado el nivel de vida de los mexicanos. La falta de oportunidades para nuestra población joven es cada vez mayor, dentro y fuera del país, y ese fenómeno alimenta la acción de quienes le están apostando a mantener un clima de terror, crimen, vindicaciones y “guerras sucias” y mediáticas que enturbian el debate político y sólo buscan propiciar gobernabilidades a modo.

Buena parte del alto costo de la crisis, que el grueso de los mexicanos estamos pagando, se deriva de impunidades y discrecionalidades practicadas en el ejercicio de apertura de nuestro mercado; esas prácticas que comprometen el futuro de México persisten y se nos siguen imponiendo de manera indiscriminada, a pesar del evidente deterioro y destrucción de nuestra economía.

Para rehacer al país, primero es lo primario: el fortalecimiento del campo mexicano. Las actividades primarias tienen per se un efecto multiplicador de la inversión y del empleo. La industria en su conjunto tiene un gran potencial, pero debemos hacerla más competitiva. Debemos crear e impulsar el proyecto de país que deseamos y darnos a la tarea de instrumentar políticas correctas que garanticen un nuevo reposicionamiento.

Los países desarrollados, sin excepción, primero fortalecieron su sector primario, luego lo han preservado y alentado con proteccionismo y apoyos directos e indirectos. A partir de allí impulsaron de manera cerrada un desarrollo industrial en básicos y, una vez consolidados, buscaron mercados para sus excedentes, muchas veces a precios residuales. Nosotros, como país, debemos actuar con determinación y proceder en consecuencia. Es hora de dejar de “nadar de muertito” y evitar que nuestra economía y nuestra gobernabilidad se nos escurran como agua entre las manos
Editorial No. 111

Primero, Lo Primario, o...
¿"Nadamos de Muertito"?
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